Afianzado por los regalos de la vida, por Ernest Holmes

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Amor 

En el más amplio sentido, el amor es darse uno mismo, es dar de todo lo que somos o esperamos ser o tener — dándolo con gozo y sin reservaciones, en abandono completo. Desafortunadamente, en nuestra etapa actual de evolución, parece que sólo podemos hacer esto con pocas personas. Nuestro horizonte está demasiado cerca de nuestros ojos, quizá deja fuera o excluye más de lo que encierra. Tenemos un vasto espacio en el Universo en el que ni siquiera nos hemos aventurado por miedo a perdernos como un pájaro que ha pasado su vida en una  pequeña jaula y se siente perdido si lo ponen en un árbol al aire libre.

Una de las más grandes necesidades del ser humano es ser amado. No deberíamos tener esta necesidad si el amor no fuera lo más grandioso en el mundo. Sin el amor no podemos vivir. Pero escogemos principalmente unas cuantas personas a las que dedicamos nuestro amor. ¿Si amáramos a todos más, amaríamos menos a unos pocos? Eso es algo que tenemos que aprender.

Siempre que hay un sentimiento profundo de ser rechazado o no amado, viene con ello una actitud exterior agresiva, combativa porque cuando el amor no fluye, la agresión parece tomar su lugar. Los adultos que siempre se preguntan qué piensan los demás acerca de ellos, o sienten que no son aceptados por la sociedad, se vuelven lo que llamamos antisociales y son generalmente aquellos a los que les faltó el afecto apropiado en su niñez. La vida sin amor no es completa, siempre parece como si llevara consigo la carga del rechazo.

Cuando el miedo, el odio, la sospecha y la falta de confianza pueden habernos bloqueado, el fluir del amor produce un efecto opuesto, porque el amor siempre libera, siempre aumenta nuestra vivencia. Pero el amor permanece vacío hasta que se da. No es entonces el amor hacia uno mismo lo que necesitamos, sino sacar del amor de uno mismo lo que abre los canales sanadores de la vida, no sólo en nuestras mentes y emociones sino en nuestros cuerpos físicos y en nuestros asuntos. Siempre que encontramos gente en la que brilla el amor, se forma una unidad a su alrededor, se produce una armonía y deseamos estar en su presencia.

Deberíamos, entonces, llevar tanto amor como tenemos en nuestro corazón hoy y darlo libremente a todos los que encontramos. Si parece ser rechazado por algunos, no debemos sentirnos lastimados, o conducidos de vuelta a nuestra prisión, sino que debemos permanecer liberados. Si hacemos esto, encontraremos una reacción en nuestros cuerpos físicos nada menos que milagrosa porque el amor restaura la circulación, sana el corazón y también la mente, y da ligereza a las manos y pies, y al pensamiento.

El amor encuentra solución a todo problema, contesta toda pregunta. Es el imán de la vida, el centro de la realidad, el corazón del universo, y ultimadamente gana y vence a todo enemigo.

El amor engendra tolerancia, y la tolerancia engendra la comprensión, la cual puede colocarlo a uno en el lugar de la otra persona y ver por qué actúa como lo hace, por qué hace lo que hace. Este amor puede crear un mundo mejor para vivir. Es el Poder que puede y debe traer paz a un mundo cambiante.

Generosidad

La vida sin duda pertenece a los que la toman. Pero, ¿cómo podemos tomarla a menos que primero la demos? Es imposible. Así es que la verdadera generosidad es el transmitirse uno mismo a todo lo que hacemos, no importa que sea – es el derramamiento de uno mismo en cada tarea que hagamos con un ánimo entusiasta, amor, bondad y amistosidad.

Es una ley fundamental de polaridad mental, causa y efecto, que eso que sale regresa como salió, más la intensificación de lo que ha contactado en el camino. Si alguien no nos gusta, esa persona lo sentirá, no importa lo que digamos. Entonces, todo lo que hay en esa persona que no le guste intensifica nuestra aversión hacia ella y le crea un deseo inconsciente de que le disgustemos.

¿Por qué existe el antagonismo y la resistencia? Porque somos insinceros. En realidad no podemos engañar a Dios, ni uno al otro. Hay algo dentro de nosotros que conoce lo real y lo falso. En el universo no podemos esconder nada. Hay un ojo que lo ve todo, y un oido que lo oye todo, y una mente que lo sabe todo, y no podemos resistir la inevitabilidad de la ley de nuestro ser. Debemos retener todos los regalos hasta que deseemos darlos. No podemos regatear con la Vida. Debemos dar sólo cuando el regalo y el que lo da son uno y lo mismo.

Si queremos sacar el máximo provecho de la Vida, sólo podemos hacerlo si primero hemos dado lo mejor de nosotros mismos, y luego la respuesta llega a nosotros multiplicada.

Dios es el dador original. La Vida da al impartirse a sí misma al objeto que desea. No obstante, ¿cómo podría haber una dádiva a menos que hubiera una aceptación igual? Debemos establecernos como un centro de recepción. No importa qué tan abundantemente la cornucopia derrame sus regalos universales, debemos mantener firme y clara nuestra taza de aceptación o el regalo no puede completarse. La Vida está lista para darnos todo lo que deseemos, pero primero debemos despojarnos de todo lo que le impida expresarse completamente a través de nosotros, dejar ir toda discordia, toda batalla y aceptar la abundancia divina.

Luego, debemos estar dispuestos a compartir lo que hayanos recibido.

Debemos permitir que los regalos de la Vida fluyan hacia todo lo que tocamos, a todos aquellos a quienes contactamos y a toda situación que encontramos. Después, a dondequiera que vayamos, toda situación es bendecida, toda persona recibe ayuda, toda discordia es armonizada, sin que siquiera estemos conscientes de ello. Simplemente, tan automáticamente como proyectamos una sombra, también podemos entrenar nuestra mente para que automáticamente fluya algo de nosotros para bendecirlo todo en nuestro mundo. Este sería el regalo supremo.

Cada uno de nosotros es la única persona, en cierto sentido, que podemos conocer. Los nuestros son los únicos ojos a través de los cuales podemos ver – espiritual, mental y físicamente. Nuestro propósito y deseo debe ser que todo lo que tocamos despierte a su propia resurrección, revelando su propio día eterno, por la guía de la eterna generosidad de Dios.

PAZ

No importa cuanto queramos atarle a Dios nuestros problemas, Dios nunca se altera. Dios no se mete, por así decirlo, en nuestros problemas para solucionarlos. Si así lo hiciera, estaría más confuso que nosotros porque tendría mucho más por lo cual confundirse, pero tal confusión cósmica no existe.

La realidad radica en la paz eterna, en la calma eterna. Consecuentemente, no podemos llevar nuestra confusión a la paz más de lo que podríamos llevar obscuridad a la luz. Pero si pudiéramos librarnos de nuestra confusión lo suficiente para recibir la paz, tal como la luz brilla en la obscuridad y la disipa, así también la paz disiparía la confusión y ésta ya no existiría.

Tenemos que dejar ir nuestros problemas el tiempo suficiente para recibir las respuestas. Es la naturaleza de cada una de las enfermedades curarse por sí sola. Psicológicamente, la naturaleza de cada problema mental es calmar su propia angustia. Así que podemos estar seguros de que el efecto del poder de Dios es tan grande en todas las cosas que si abrimos la más pequeña brecha, los vientos del cielo impulsarán nuestras velas con una fuerza dinámica que con seguridad llevará nuestro barco a un puerto seguro.

Ya que Dios es la realidad de cada uno de nosotros, hay una parte de nosotros que no tiene problemas. Nuestro ser individual no contradice el equilibrio del universo. El hombre es lo único que se confunde, la naturaleza, no. Si nos matamos los unos a los otros, la hierba aún seguirá verde, el agua seguirá mojada, todo seguirá igual.

No es que estemos perdidos, sino que no sabemos donde estamos. Esta es la diferencia. Se debe a la falta de reconocimiento de que el Universo no podría existir ni por una fracción de segundo si estuviera confuso o si operara contra sí mismo. No importa qué tan malo se vea algo en nuestra experiencia, hay más allá de eso Algo que lo puede sanar.

Tenemos que creer en el Poder Transcendente, luego tenemos que creer que podemos conectarnos con El porque ya somos uno con El. Después tenemos que creer que cuando pronunciamos nuestra palabra, estamos tocando la fuente de Armonía infinita a un nivel más alto que la discordia limitada, por lo tanto nuestra palabra de autoridad tendrá precedencia sobre la discordia.

Podemos alcanzar un estado de conciencia por encima del nivel de nuestra confusión, y al grado en que lo hacemos, no hay argumento, ni controversia, ni confusión; no hay miedo, ni duda alguna, ni incertidumbre.

Debemos lograr una conciencia de la infinitud y quietud de la Paz eterna, del movimiento de la Energía incesante que fluye a través de todo en una calma majestuosa. Debemos descubrir que hay dentro de nosotros un patrón de vida más allá de toda confusión, más allá de todo temor,  aquí y ahora porque el Universo en que vivimos está aquí y ahora.

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Traducción: Rev. Marthas Topel

CSL Redondo Beach, CA.

 


2020-11-24T12:28:33+00:00

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